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PEDERNALES
Unas 70 personas ven pasar la vida de espaldas al mundo

Mi casa es una cueva
Sin luz, sin agua potable, sin instalaciones sanitarias, sin escuela y sin atenciones
de salud, treinta familias de pescadores viven en cavernas cerca de Cabo Rojo

 Foto: Pedro Canela • El Caribe

 

Desde su llegada en la década del 60, los pescadores de La Cueva, de Pedernales, han organizado su vida en función del mar, y todo el mundo que se encuentra a sus espaldas es para ellos distante y ajeno.
   

 

 

 

En una sucesión de cuevas situadas frente al mar, con un siglo de retraso, sin servicios básicos y en condiciones casi primitivas, a veintiocho kilómetros y medio de Pedernales y a dieciocho millas de la isla Beata, viven unas treinta familias. Pescadores de oficio, se fueron instalando poco a poco en los primeros años de la década del 60, se hicieron dueños del alba y se fundieron con los atardeceres, varados en un pasado hecho de limitaciones materiales, de ilusiones y de largas esperas.

La Cueva es un paraje de Pedernales que toma su nombre de unas cavernas formadas en hilera en el vientre de los arrecifes. Sus playas son prácticamente vírgenes y están llenas de caracoles y corales petrificados. Aquí no hay autoridad. Lo más cercano a ella es un alcalde pedáneo, Angel Rosado, que vive en Pedernales y viene a supervisar sus dominios cuando consigue una bola. Tampoco hay escuela. La que había fue clausurada cuando el maestro —Juan la Chincha— dejó de venir, según los moradores, abrumado por la distancia y el polvo de los malos caminos.

Los moradores de estas cavernas fueron llegando poco a poco. Vinieron con las manos vacías y hoy, treinta años después, aun las tienen así. Sólo del viento que cruza por su playa, del sol que se acuesta al otro lado del atracadero de una vieja compañía minera y de las ilusiones que traen cada día en sus redes y anzuelos, son dueños.

Sus hijos se parecen al viento y al mar, y han heredado la misma capacidad de espera que aprendieron sus padres en las horas de alta mar y en la vida. Su vida está organizada hacia el océano. El mundo que está a sus espaldas para ellos es ajeno y distante, un lugar de sueños ajenos. “Pasamos la mayor parte del tiempo en el mar. De él comemos y, muchas veces, nos transportamos. Este mar es nuestro por derecho”, dice Bienvenido Reyes Turbí.

Según Jacobo Félix, síndico de Pedernales, una parte de los pescadores se instala en La Cueva sólo en la época de pesca.
Una compañía pesquera que operaba en la zona hizo construir paredes y puertas a la entrada de las cuevas, dándole un aire de edificación a los arrecifes. Las cavernas fueron amuebladas en su interior y divididas en diferentes salones.

Hermogenio Cuevas, de 68 años, es uno de los pescadores más viejos de la comunidad. Su embarcación se llama Yoli, como su hija. Tenía 16 años cuando le dio la espalda a las plantaciones de yautía que tenía su padre en Barahona, su tierra natal, y se hizo al mar —a este mar— en busca de mejor vida. “Cuando llegué aquí esto era un escombro; sólo había cayucos y no había camino. Caminando, hicimos un camino, y trabajando, hicimos un lugar”.

A oscuras
Los pescadores de La Cueva tienen que lidiar a diario con una infinidad de dificultades. “Aquí no hay ningún servicio”, dice Cuevas. Para ellos, la electrificación es esencial. “La luz puede ser traída de Cabo Rojo, que está a cinco kilómetros”. El agua potable que se consume es enviada cada ocho días por la gobernación provincial. La falta de escuela es lo peor porque se les está negando el futuro a los hijos. Dicen los pescadores que, sin escuela, sus muchachos están creciendo brutalmente. “No hay motivo para que no haya la escuela”, dice Santa Montero, de 31 años, madre de una niña que tuvo que ser enviada a Barahona a cursar sus estudios. Según ella, es imposible enviar a los muchachos a Pedernales.

“Se ve muy sencillo, pero no es así. Hay que pagar cien pesos diarios a un motoconcho, aparte de los gastos de la escuela. La otra manera sería llevarlos por mar, pero la hora de la escuela es la misma de la pesca de los hombres”. El otro problema es la carretera. Es un camino que se desprende la carretera central de Pedernales y que va bordeando la costa. Nunca se le ha tirado asfalto. El transporte es casi nulo.

En La Cueva de los pescadores no hay dispensario médico y cuando se presenta una urgencia de salud, a veces hay que ir al hospital de Pedernales en botes. “Hace poco se ciguató Pedro, uno de mis hijos, con una picúa que se comió. Fue a las nueve de la noche y tuvimos que llevarlo a Pedernales por mar”, dice Montero. Por mar la vida es más barata. Para llegar a Pedernales en motoconcho hay que pagar cien pesos y muchas veces ese transporte no aparece. “A veces preferimos irnos por el mar porque nos da más seguridad y es la vía que mejor conocemos”, dice Bienvenido Reyes.

Los pescadores quieren que el Gobierno los ayude a cambiar su vida y a hacer más digna su existencia. “Queremos una escuela, luz eléctrica y agua potable. También queremos que nos arreglen la carretera y, si es posible, un proyecto habitacional”.
Los pescadores de La Cueva están interesados en préstamos para la compra de embarcaciones de fibra de vidrio. “Son más seguras para hacerse a la mar y más duraderas. Las pagaríamos con la misma pesca”. Si son propietarios de los botes serán también dueños absolutos de sus ilusiones. “Ahora los botes son ajenos y si ganamos 500 pesos, 200 son del propietario. Siendo dueños de los botes nuestra vida va a cambiar”.

Cumpleaños de la esperanza
El 15 de septiembre es el cumpleaños de la esperanza para los pescadores de La Cueva. “Ese día cambian los vientos del Este y empieza la calma”, dice Hermogenio Cuevas. En esas condiciones la pesca es más fácil. Antonio Félix también es pescador, y mientras él busca el sustento en alta mar, su hija Beatriz se dedica a devolver al mar los caracoles. “Dice mi papá que si no se devuelven a su lugar, los caracoles azaran la vida y alejan la pesca”.

Treinta años después de su llegada, los pescadores de La Cueva siguen viviendo en el pasado. Ahora piensan que llegó el momento de cambiar su vida y disfrutar de los mismos beneficios y derechos con los que se vive fuera de su mundo de caracoles y salitre. “Nos dicen que allá afuera ya están en el desarrollo, pero aquí eso no ha llegado todavía. Ya es el tiempo de que a nosotros también nos faciliten ese mentado desarrollo”, dice Hermogenio Cuevas.

Vianco Martínez
vmartinez@elcaribe.com.do

 

  Dossier

La Cueva
Es un paraje del municipio de Pedernales situado a veintiocho kilómetros y medio de esa ciudad, a cinco kiómetros de Cabo Rojo y a dieciocho millas de la isla Beata.

Desde el 60
En La Cueva viven unas treinta familias de pescadores, que se instalaron en los primeros años de la década del 60. Según el síndico de Pedernales, Jacobo Félix, algunos de ellos se instalan en el lugar en la temporada de pesca y luego se retiran.

Para ser mejores
Los pescadores de La Cueva están interesados en formar una cooperativa con el apoyo de IDECOOP para hacer más eficiente su labor y optimizar los resultados de su trabajo. Están interesados en préstamos del Gobierno para la compra de embarcaciones de fibra de vidrio que, según ellos, pagarían con el resultado de su trabajo.

 

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